Secretos embarazosos (3ª Parte)

Tercer Acto



En donde los héroes rescatan a Don Oscar, se enfrentan a sus captores y se ven envueltos en una compleja trama que involucra a las altas jerarquías de la Iglesia Vaticana.

Escena Uno: En la boca del lobo
- A punto de ponerse el sol Alonso se dirige hacia la mansión de los Ávila conduciendo un carro cargado con barriles de vino. Felipe, José, Diego e Isabel se aferran al interior de sus respectivos barriles mientras el carro traquetea por el camino.
- La voz del criado les llega amortiguada mientras le escuchan hablar con los soldados de la puerta. Pero su carro tan sólo es uno de los muchos que llevan entrando y saliendo de la mansión durante estos días. Con apenas un par de preguntas, que el fiel criado contesta con gran habilidad, le indican que pase.
- La zona de la servidumbre es un hervidero de actividad. En medio de semejante frenesí apenas hacen a Alonso algunas preguntas (como de parte de quién viene el vino). El criado, que ha tratado con los sirvientes de su señor durante la mitad de su vida, no tiene ningún problema en proporcionar respuestas que les satisfacen. Antes de que se den cuenta los barriles son transportados y dejados con los demás en la bodega.
- En cuanto se hace el silencio los cuatro salen de sus escondites. Todavía están colocando las tapas de nuevo en su sitio cuando Diego, que está vigilando la puerta, ve a dos criados con jarras que se acercan. Rápidamente se esconden todos de nuevo, pero a Isabel –que lleva un vestido adecuado a una sirvienta- no le da tiempo.
- Los dos hombres se quedan sorprendidos de verla, y ella aprovecha la sorpresa para hacerse pasar por una criada novata, contratada para apoyar a los regulares de la casa en esos días de fiesta. Uno de ellos responde pasándole una jarra y pidiéndole que la rellene y la lleve rápidamente a la Sala Azul.
- Isabel, gimoteando que la van a echar, dice que no sabe dónde está esa sala. El hombre le pasa la mano por la cintura y se dispone a mostrarle el camino. El otro se queda mascullando acerca de la suerte de su compañero, se toma un trago de uno de los toneles, rellena sus jarras y se marcha.
- De nuevo solos, Felipe, José y Diego avanzan sin disimulo por los pasillos de la residencia. A los pocos con la curiosidad y coraje suficiente para preguntarles (son tres hombres armados que parecen saber lo que están haciendo, al fin y al cabo) José les responde que es el guardaespaldas de uno de los nobles, y los demás son sus ayudantes.
- Tras deambular durante un rato terminan encontrando el acceso a las celdas.
- Isabel, mientras tanto, se mueve entre los cortesanos rellenando vasos y disimulando lo mejor que puede. Pero la fortuna quiso que tropezase con uno de los nobles. El hombre, al cual escucharía más tarde responder al nombre de Vernouilli (y que, sin saberlo ella, es el mismo que Diego vió reunirse con el Inquisidor Agustín), se queda encandilado con su belleza.
- Ella pide disculpas por su torpeza y trata de escabullirse, pero él le resta importancia al asunto y –tras levantarle la barbilla para observar su hermosura- sonríe y se la lleva por la cintura para exhibirla ante sus amigos.
- Isabel, ruborizada y nerviosa, trata de salir del paso lo mejor que puede. Pero entonces ve acercarse a Julián, su primo. Balbuciendo alguna excusa ininteligible consigue desembarazarse de la atención de los nobles y marcharse antes de que la vea. Vernouilli bromea con que volverá a encontrarla esa misma noche, lo que provoca la hilaridad de sus oyentes.
- La entrada a las celdas está precedida de una pequeña habitación en donde cuatro aburridos guardias tratan de pasar el tiempo lo mejor que pueden. Tres de ellos están jugando a las cartas, y el cuarto ameniza la velada tocando la guitarra.
- Felipe, José y Diego, manteniendo su charada de guardaespaldas ociosos, son recibidos con calidez y nadie duda en hacerles un sitio cuando piden unirse a la partida. Al cabo de un rato Diego se marcha para ir a buscar más vino mientras los demás se quedan allí.
- Entretanto Isabel desciende a la bodega para intentar reunirse de nuevo con sus compañeros. Está a punto de llegar cuando se cruza con el propio Diego, que regresa de allí con dos jarras de vino. En cuanto la ve el rosacruz le tiende las jarras (se supone que ella es la sirvienta) y se la lleva con él a las celdas mientras le explica la situación.
- La felicitación a Diego por parte de los guardias es doble, una por el vino y otra por la hermosa Isabel (no necesariamente en ese orden).
- Cuando la partida está en un punto álgido los tres hombres golpean cada uno al guardia que tiene a su lado. Jarras y puños golpean las cabezas de los desprevenidos hombres que caen al suelo, inconscientes. Isabel retrocede, sorprendida, y el cuarto guardia deja la guitarra, da una voz de alarma y se dispone a desenfundar. Felipe le golpea con una silla antes de poder siquiera liberar su acero.
- José pide a Felipe que vigile la puerta por si viene alguien. Entretanto Diego e Isabel examinan a los guardias para buscar las llaves de las celdas. El aro que porta uno de los guardias tiene únicamente dos llaves. Una de ellas abre la puerta hacia las celdas propiamente dichas.
- El corto pasillo tiene tres celdas de cada lado. Los Ávila no cuentan con tener muchos prisioneros juntos en un momento dado. De hecho, ahora mismo sólo dos celdas están ocupadas.
- En una de ellas hay un hombre recostado en el catre, con el blusón medio abierto y mirándoles con gesto divertido. En la otra está Don Oscar. Ni la suciedad ni las marcas de golpes son suficientes para esconder sus distintivos rasgos que habían visto en los retratos en su casa de San Gustavo.
- Diego le dice que han venido a rescatarle en nombre de su sobrina. Don Oscar se aproxima a los barrotes pero no termina de creérselo; con claridad castellana les dice que no hay ninguna razón para creer que son quienes dicen ser, que todo podría ser un montaje, una trampa de los Ávila para hacerle hablar.
- Mientras Isabel trata de razonar con él Diego trata infructuosamente de abrir la cerradura de la celda. Pero resulta imposible, es necesario conseguir la llave.
- José, entretanto, habla con el hombre de la otra celda, que resulta ser un montaignense. Su divertida y extraña conducta despiertan la suspicacia del explorador, pero sus siguientes palabras consiguen atraer toda su atención: él sabe quién tiene las llaves de las celdas. Y está dispuesto a decírselo si le prometen que lo sacarán de allí y le dan una daga en ese momento (“para marcar el paso de las horas”, dice).
- Tras pensárselo un momento José accede a la petición y le da uno de los cuchillos de los guardias. El hombre les dice entonces que las llaves las tiene Manuel Hernández de Ávila, el hijo mayor de la familia, que está estudiando para ingresar como capitán en la Armada Castellana. Afortunadamente ahora mismo se encuentra en la fiesta, como casi todos los demás miembros de la familia. El montaignense les esboza una descripción del hombre, en la que incluye una nariz partida de la que –según parece- es responsable (lo que puede explicar su presencia tras los barrotes).
- Prometen a Don Oscar que volverán a buscarlo enseguida, y cuando van a irse este les llama. No está seguro de que sean quienes dicen ser, pero si están siendo sinceros y van a tratar de rescatarle puede que las circunstancias les obliguen a escapar. De ser así les pide que le lleven un mensaje a su sobrina, uno que es lo bastante ambiguo para todos los demás pero que puede serle de utilidad a ella: “decidle “ –pide- “que está siendo perseguida por causa de su padre debido a la herencia de su madre”.
- Atan y amordazan a los guardias, encerrándolos con llave en el pasillo de las celdas. Están saliendo de allí cuando escuchan multitud de pasos acercándose. Corren por el pasillo opuesto para alejarse y Diego se queda tras la esquina para ver quién viene mientras los demás continúan caminando hacia la fiesta, en busca de Manuel.
- Instantes después Diego ve al vodaccio, a quien recuerda de la taberna, acompañado por otro hombre que responde a la descripción que acaban de recibir de Manuel de Ávila. Varios soldados les acompañan y está a punto de marcharse cuando las palabras de Manuel le detienen en seco.
- Se van a llevar a Don Oscar.

Escena Dos: La huída
- Entonces todo transcurre muy deprisa.
- Diego llama a sus compañeros con un grito, dos de los soldados le ven y se lo señalan a Manuel. Antes de que pueda decir nada José y Diego están cargando contra ellos con las armas desenvainadas.
- Los movimientos de José son rápidos y precisos, y antes de que nadie pueda reaccionar dos de los soldados están fuera de combate.
- Manuel desenvaina y les exige que se identifiquen. Ante su negativa se pone de costado con el brazo izquierdo a la espalda, al estilo Aldana, y se dispone a combatir apoyado por dos de los guardias. El vodaccio, y cinco guardias más, están en la habitación que conduce a las celdas mirando el espectáculo pero sin intervenir.
- Manuel resulta ser un hábil espadachín, y demuestra lo irritado que está cortándole a José un botón y haciéndole varios rasguños en la mano y en el rostro. José, asombrado por esa demostración de habilidad, sabe que se enfrenta a un oponente que puede acabar con su vida o la de Diego.
- El entrechocar de aceros es continuo, pero entonces José consigue herir a Manuel. Una voz interrumpe su momento de triunfo, es el vodaccio recomendándoles agacharse. La razón queda pronto revelada cuando lanza un cuchilo que le hiere levemente en el brazo.
- Manuel aprovecha ese momento para hundir su acero en el muslo de José. El combate continúa y un nuevo cuchillo del vodaccio corta al explorador en una mejilla. Entonces Vernouilli les advierte que les queda una hora de vida. Diego le responde diciendo que a él le queda media.
- Diego resulta herido por Manuel pero el ataque conjunto de ambos espadachines consiguen acorralar a Manuel, que se ve incapaz de detener sus envites en más ocasiones de las que le gustaría. Sangrando, empieza a retroceder, momento que aprovecha el vodaccio para interponerse entre ellos y el avilés, facilitándole la huida.
- José maldice, pues Manuel es quien tiene las llaves de la celda de Don Oscar. Pero el vodaccio va armado con un estoque y una daga, que parece saber cómo usar. Y ellos están heridos… y envenenados.
- Se disponen a enfrentarse a él cuando el vodaccio les saluda con la espada y les recomienda bajar las armas. Tal vez puedan hablar. Lentamente los dos compañeros bajan sus filos, y el vodaccio hace lo propio.
- Entonces le pide a los cinco guardias que vigilen el pasillo, quienes responden en vodaccio a pesar de llevar las ropas de soldados de los Ávila. Parece que el tal Vernouilli maneja más hilos de los que aparenta.
- Les pregunta sus razones para estar allí y atacarles de ese modo. Cuando le mencionan sus intenciones de rescatar a Don Oscar por puro altruismo se muestra un tanto escéptico. Pero el sello de la Orden de la Rosa y la Cruz termina de convencerlo y le arranca una carcajada.
- Sus intereses son, pues, coincidentes: la familia Ávila pretende entregar a Don Oscar a la Inquisición, con quienes procuran mantener buenas relaciones; él mismo está interesado en evitar precisamente eso, y de ahí que haya cerrado un trato con Manuel para traicionar a su propia familia y entregarle a Don Oscar, a quien se llevaría a Vodacce.
- Su intención es apoyar a la Iglesia Vaticana residente en Numa, que mantiene una especie de guerra fría con la Iglesia Vaticana de Castilla desde que el Tercer Profeta se llevó la sede central de la Iglesia a Ciudad Vaticana.
- Pero si ellos se llevan al anciano le ahorran el deberle un favor a Manuel, la Inquisición no le pone las manos encima y él mismo queda libre de toda culpa. Ellos, por su parte, también consiguen lo que habían venido a buscar.
- Así las cosas el sonriente vodaccio les entrega un aro con las llaves de las celdas y les desea buena suerte.
- Fieles a su palabra no sólo liberan a Don Oscar sino también al montaignense, quien se presenta como Jean-François du Lac et Rachetisse.
- Antes de marcharse José le pregunta al vodaccio su nombre. Siempre sonriente hace una reverencia y se presenta como Giuseppe Vernouilli, perteneciente a una de las siete familias de los Príncipes Vodaccios. Diego le dice que espera volver a verle en el futuro para ver quién es mejor con la espada, a primera sangre. El vodaccio suelta una carcajada y le dice que así será, e incluso a segunda sangre… siempre que Diego no se encuentre herido.
- Cuando le preguntan acerca de qué deben hacer con el veneno la única respuesta de Giuseppe es que sigan enfrentándose a él con el mismo coraje. Era un farol.
- Con esto se despiden y echan a correr. Salir por la puerta principal sería totalmente imposible, por lo que deciden dirigirse al puerto privado de los Ávila, al fondo del acantilado sobre el que se asienta la mansión.
- Los seis salen de la zona de las celdas y corren por los pasillos de la mansión. Al cruzarse con unos soldados Diego les grita indicándoles la dirección en donde están los enemigos. Con toda la confusión los soldados le hacen caso y se dirigen hacia allí.
- Al doblar una esquina Jean-François tropieza con una dama a la que casi hace caer. Con una reverencia el montaignense le pide perdón por el atropello, dirigiéndose a ella por su nombre, María García de Gallegos. Antes de que pueda añadir nada más Isabel se lo lleva del brazo.
- Pero al fondo de ese pasillo se encuentran cara a cara con el Inquisidor Agustín. Durante unos instantes todos se quedan quietos por la sorpresa, pero el silencio es roto por el Inquisidor que grita a alguien “¡Atrápales!”. Ese “alguien” no es otro que Julián Rodríguez de Torres, que da un paso al frente mientras desenvaina su arma.
- Detenerse ahora para enfrentarse a Julián les haría perder un tiempo precioso y los soldados se les echarían encima. Toca correr de nuevo.
- Julián está a punto de correr tras ellos cuando ve a Isabel. Los dos se miran un segundo e Isabel echa a correr. Murmurando un “no puede ser” Julián empieza a perseguirles.
- Diego utiliza de nuevo el mismo truco con un grupo de soldados con el que se tropiezan, y hasta sus oídos llegan los gritos de Julián que les ordena que se aparten mientras cruzan sus aceros.
- Poco después salen de la mansión y descienden por el amplio camino que conduce hasta el embarcadero. En él hay una única nave fondeada, con la bandera de Vodacce.
- Se detienen pensando en qué hacer, pues si corren por la orilla los soldados no tardarán en atraparles a caballo. Entonces José ve la luz de un espejo haciendo señales desde una ventana de la mansión. ¡Vernouilli! ¡Está ayudándoles a escapar de nuevo!
- Rápidamente echan a correr hacia el barco, que ya está levando anclas y preparando las velas. El contramaestre les ayuda a subir, y poco después el Capitán Lucani, con un marcado acento vodaccio, les da la bienvenida al Coraggio dil mare (“El coraje del mar”), y les recomienda que se agachen.
- En ese momento se escuchan detonaciones de mosquetes y el crujir de los proyectiles al impactar con la madera de la nave.
- Pero el barco va ganando velocidad y en poco tiempo están fuera del alcance de los disparos.

Escena Tres: Revelaciones
- Todos dan las gracias al capitán por su ayuda. A la pregunta de José sobre cómo va a explicar el haberles ayudado Lucani se encoge de hombros. Es una lástima que no haya podido evitar ser secuestrado por unos “horribles castellanos”.
- Felipe sonríe ante la audacia del capitán. Estos vodaccios son indudablemente intrépidos.
- Pero el buen humor se enfría cuando Lucani deja patente que van a ser llevados hasta Vodacce. Diego le recuerda al capitán que Giuseppe Vernouilli pretendía ayudarles a liberar a Don Oscar, pues su única intención era evitar que cayese en manos de la Inquisición.
- Lucani abre la boca para contestar, pero antes de que pueda decir nada es interrumpido por una voz de mujer diciendo que Diego tiene razón.
- De las habitaciones del alcázar de popa sale una mujer vestida de negro con un velo oscuro en forma de telaraña. A pesar de que su rostro es apenas visible la intensidad de su mirada y su repentina aparición provocan el silencio en cubierta.
- Las débiles protestas del capitán se acallan por completo ante la silenciosa mirada de la mujer. Lucani baja la vista, acatando su autoridad, y da órdenes para que preparen un bote.
- Diego le da las gracias a la mujer, y José comenta que espera volver a verla. La voz de ella es fría y sin emoción al responderle que espera que no; el día en que vuelvan a verse alguien morirá. Felipe reza una silenciosa plegaria: están frente a una Bruja del Destino. Su presencia puede explicar por qué Vernouilli conocía los planes de la Inquisición y parte de la trama que gira en torno a Don Oscar y a Laura.
- La mujer se retira y el barco navega apaciblemente durante un largo rato. Finalmente el capitán da orden de detener el navío y bajar un bote. Isabel, Felipe, Diego, José, Jean-François y Don Oscar son llevados a tierra por dos marineros.
- Una vez solos descubren que están a unos treinta kilómetros de Ávila. Les espera un largo viaje…
- Jean-François les da las gracias y se despide de ellos. Espera volver a verles en el futuro; por su parte todavía tiene que regresar a la mansión de los Ávila. Sigue teniendo un asunto pendiente allí. El noble truhán se despide con encanto montaignense y se marcha en solitario.
- Durante las dos jornadas de viaje necesarias para regresar a la ciudad Don Oscar responde a las múltiples preguntas y dudas que se han ido acumulando acerca de su extraño comportamiento, el interés de la Inquisición y Laura.
- Agradecido por su ayuda el anciano les cuenta la siguiente historia:
- Como saben, hace doce años hubo un terrible incendio. Esa fatídica noche murió toda la familia de Laura, quien pudo ser salvada de las llamas gracias a la valiente intervención de su aya. La mansión incendiada era, efectivamente, de la familia Gallegos… como la madre de Laura. Pues el verdadero nombre de la muchacha es Laura Gallegos… ¡de Verdugo!
- El anciano asiente gravemente mientras les cuenta que el padre de la muchacha es el propio Esteban Verdugo, actualmente Gran Inquisidor de la Iglesia Vaticana, pero que por aquel entonces todavía era obispo.
- Verdugo pensó que la niña había muerto aquella noche con todos los demás, y Don Oscar –gran amigo y confidente de Elena, la madre de Laura- prefirió que quedase así. Envió a la niña a la Universidad de San Cristóbal, para después ingresar en el sacerdocio en la mismísima Ciudad Vaticana, bajo las propias narices de su padre.
- Pero la niña lleva en su sangre un don que se ha transmitido por la línea materna durante generaciones, un don que recibió de su madre aún cuando ella misma no lo practicaba, un don que sólo se da en la familia Gallegos… el Fuego Interior. La capacidad para controlar el fuego a voluntad.
- Ahí Don Oscar guarda un pequeño silencio. Hay dudas que ni siquiera se atreve a plantearse a sí mismo, mucho menos comentarlas con extraños. Pero ¿podría haber sido Laura la causante del fatídico incendio? Tal vez la niña se despertase con una pesadilla esa noche. Tal vez sólo estaba jugando con una vela, o en la chimenea. Sea como sea, la educación de Laura logró evitar que la muchacha sea consciente de sus habilidades. Y si fue ella la causante… bueno, no era más que una niña con un poder que no podía controlar. No puede culpársela por eso.
- Pero esos pensamientos Don Oscar se los guarda para sí.
- Continuando con su relato les cuenta que, de algún modo, el Inquisidor Agustín descubrió la verdad sobre la herencia de Laura. La existencia de una hija del Gran Inquisidor con la habilidad del Fuego Interior es una aberración… y una amenaza para la supremacía de la Inquisición y de la Iglesia. El Fuego Interior fue perseguido por toda Castilla durante años hasta que la Inquisición estuvo segura de haber erradicado por completo toda sangre de hechicería en la nobleza castellana.
- Y precisamente una hija del Gran Inquisidor… No, Agustín no podía permitir que la muchacha siguiera viviendo. Pero muy probablemente tampoco le haya dicho nada a Esteban Verdugo. Pues si consigue su objetivo habrá eliminado discretamente una amenaza para la Iglesia, pero si no puede será su propia cabeza la que cuelgue de una soga por haber fallado en tan importante tarea… o para silenciar un secreto que debería haber permanecido enterrado.
- Un secreto muy embarazoso.
- Tras dos días de viaje tiene lugar la feliz reunión de Don Oscar con Laura.
- Isabel tiene asuntos que tratar con él (todo esta compleja intriga fue desvelada por su interés en encontrarle), pero esa, así como el destino de Felipe, José y Diego son historias que serán contadas en otra ocasión…

Fin

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